Llega el otoño










Piensan palabras de sol,
un instante previo al otoño,
agolpándose en los labios
para precipitarse por la ladera
de sus pieles exudadas.
Buscan escapar de la erosión
que produce el viento sobre la piedra,
reviviendo la memoria ausente
de cuerpos espejados en simetría
en el roce exaltado de sus sombras. 
Aún pueden llegar amaneciendo
hasta la muerte del exilio,
al encuentro más profundo,
menos ajeno y más lúcido,
de temblores, espasmos y
alientos desenfrenados.
Todavía no es crepúsculo,
por eso buscan la travesía sagrada
en la alquimia de dos sustancias
que se transfunden en ímpetu,
sin advertir el vacío que se avecina
antes de la nieve, en el invierno.
Tienen la dermis de sus labios
con olor a rosas y jardines,
la carne pronuncia vocablos
lejos de las metáforas del pasado,
pero con la misma intrepidez
y el mismo vértigo del encuentro.
La música que fluye sonora
por los pechos ardientes,
sube con las alas de las pupilas
al mirarse en el abrazo
de dos cuerpos sin eclipse,
en la densidad del delirio,
y en el vértice celestial del anhelo.

C.M I 2015






2 comentarios:

María Dorada

Me han encantado los últimos versos, intensidad en tus letras, mi querida amiga.

La música que fluye sonora
por los pechos ardientes,
sube con las alas de las pupilas
al mirarse en el abrazo
de dos cuerpos sin eclipse,
en la densidad del delirio,
y en el vértice celestial del anhelo.

Y la imagen, preciosa.

Un beso.

Cecilia Montoya

Gracias por tu visita, María querida.
...y la intensidad también se vive en el otoño de la vida. Las pieles siguen vibrando. Un beso

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